Las tinieblas de la noche era un juego al que la era digital exitinguió hace décadas. Grupos de adolescentes nos juntábamos en una habitación y apagábamos todas las luces. Jugábamos a palparnos, refugiados en el anonimato de las tinieblas. Agazapados en las sombras teníamos licencia para tocar. Nunca una caricia fugaz se sintió tan sola como cuando cruzaba un mar de soledad para llegar a la oscuridad de un vientre, un pecho, un culo o un rostro. Ni sabíamos a quien tocábamos ni sabíamos quien nos tocaba. Y nadie se podía chivar, no existía el derecho a queja. Sólo había dos normas: Una, no pellizcar y dos, guardar silencio. Tan solo repetíamos de vez en cuando "¡Las tinieblas de la noche!". Y era una especie de faro en la oscuridad, la voz de quien queríamos acariciar guiándonos al puerto del tocamiento torpe. Y risas, muchas risas.
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