tiempo... entre los dedos como nicotina. El silencio te dará poesías de acero para abrir la lata (de sordinas) que son tus pensamientos, tu monólogo interior. Metáforas bumerán que después de asombrarte volverán a mi como si nada. No hago trampas. Días que avanzan sin sentido, como soldados, como un ejército que se prepara para la guerra. Como agua para chocolate, como rocío sobre la hierba, como sal en las heridas. cereza-cereza-campana Insert coin
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Mostrando entradas de febrero, 2023
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Nací a la temprana edad de cinco años. Me pusieron Mario porque era cómodo para llamarme y por un tío de mi madre que se llamaba así. Cuando vine al mundo la comadrona dijo a mi madre que me negaba a leer y que probablemente no lo haría jamás. Mi madre con su sonrisa de siempre me preguntó y mi respuesta desde entonces y siempre fue que no tenía tiempo porque había estado rellenando fichas de matemáticas. -Ahí lo tiene -dijo. -Además -añadí- no es que me niegue a leer. Lo que me niego es a obedecer a comadronas. Considerando que estaba todo dicho, sopesé seriamente enamorarme de una jovencita vecina que era tan ligera que podía volar. No era especialmente bonita, ni hablaba con seguridad, ni tampoco con ese atractivo extraño que tienen las inseguras. Pero concluí que somos gente de levante: seguimos a quien más miente. -Dos fichas, solo ha hecho dos fichas en una semana -dijo la comadrona. Pensé que mi madre, y todos, debían entender que en la adolescencia sería aún peor.
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DE OLIVERIO GIRONDO Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas. Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato. Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un madero. Que cuando quieras decir: «Mi amor», digas: «Pescado frito»; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas. Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa. Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los ...
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POEMAS DE JULIET escrito en 1999 Día 168 del año 38 de la guerra de las máquinas No sabía si escribir, nunca me había planteado hacerlo. Algunas veces me ahogan los sentimientos, parecen cables de acero sobre mi cuello; débil, flaco, casi como de seda. En cambio, otras veces soy dura; una torre de cristal, acero y adamante en lo que todo resbala. Acabo de encontrar este cuaderno. Creo que mi padre lo usaba para tomar notas. No sé si escribir un diario ¡Me cuesta tanto tomar decisiones! En cambio, la soledad y el miedo vienen sin tener que ir a buscarlos, como inercia, como costumbre. Día 169 del año 38 El miedo y la soledad siguen. Hoy he creído oír un ruido desde más allá del perímetro. Me he atrevido a echar un vistazo en los monitores, pero nada, silencio. Hace ya 1 año y 211 días que nadie ha intentado atravesar el sector exterior. Me gustaría poder anotarlo todo, ahora que tengo el cuaderno. Creo que cuando se escribe es casi como si se inventara nueva la historia...
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LA PARADA DE LOS MONSTRUOS escrito en 2002 Chano abría el bar y encendía la máquina tragaperras, antes que se apagara la última estrella. Los hombres de la fábrica esperaban con el cigarrillo colgando del labio -no volverían a fumar hasta salir del recinto-, las manos en los bolsillos y afirmando con voz profesional que no había café como aquel. Enchufaba la cafetera y desplegaba docenas de platos diminutos sobre la barra. Colocaba vasos cortos encima y llenaba algunos de leche condensada, para tenerlos preparados antes que le llovieran los pedidos de solos, cortados, carajillos, belmontes y demás. Luego, sin prisas, dejaba los diarios en una esquina y se agarraba al Marca con curiosidad de entomólogo. Pura era su mujer. Una castellana hecha de raíces de árboles, canija y malencarada. Atendía a los parroquianos con desgana, chasqueando la lengua cada vez que oía su nombre. Manuel le guiñaba un ojo y pedía un solo. Para él, y sólo para él, siempre había sonrisas de la...