Nací a la temprana edad de cinco años. Me pusieron Mario porque era cómodo para llamarme y por un tío de mi madre que se llamaba así. Cuando vine al mundo la comadrona dijo a mi madre que me negaba a leer y que probablemente no lo haría jamás. Mi madre con su sonrisa de siempre me preguntó y mi respuesta desde entonces y siempre fue que no tenía tiempo porque había estado rellenando fichas de matemáticas.

-Ahí lo tiene -dijo.

-Además -añadí- no es que me niegue a leer. Lo que me niego es a obedecer a comadronas.

Considerando que estaba todo dicho, sopesé seriamente enamorarme de una jovencita vecina que era tan ligera que podía volar. No era especialmente bonita, ni hablaba con seguridad, ni tampoco con ese atractivo extraño que tienen las inseguras. Pero concluí que somos gente de levante: seguimos a quien más miente.

-Dos fichas, solo ha hecho dos fichas en una semana -dijo la comadrona.

Pensé que mi madre, y todos, debían entender que en la adolescencia sería aún peor.

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