POEMAS DE JULIET  escrito en 1999

 Día 168 del año 38 de la guerra de las máquinas

No sabía si escribir, nunca me había planteado hacerlo. Algunas veces me ahogan los sentimientos, parecen cables de acero sobre mi cuello; débil, flaco, casi como de seda. En cambio, otras veces soy dura; una torre de cristal, acero y adamante en lo que todo resbala. Acabo de encontrar este cuaderno. Creo que mi padre lo usaba para tomar notas. No sé si escribir un diario ¡Me cuesta tanto tomar decisiones! En cambio, la soledad y el miedo vienen sin tener que ir a buscarlos, como inercia, como costumbre.

 Día 169 del año 38

El miedo y la soledad siguen. Hoy he creído oír un ruido desde más allá del perímetro. Me he atrevido a echar un vistazo en los monitores, pero nada, silencio. Hace ya 1 año y 211 días que nadie ha intentado atravesar el sector exterior. Me gustaría poder anotarlo todo, ahora que tengo el cuaderno. Creo que cuando se escribe es casi como si se inventara nueva la historia.

 Día 170 del año 38

El silencio me oprime y creo que tengo que escribir, me lleno enseguida de angustia y tengo miedo; eso o me estoy volviendo loca. Será un diario, claro, y así me distraeré de la soledad y el olvido. No tengo mucha práctica en escribir, nunca tuve ocasión ni motivos para ello. Tampoco sé muy bien cómo empezar. Contaré primero algo de mi vida y de porqué estoy aquí.

Mi padre fue asesinado por un comando suicida de máquinas hace dos años, cuando yo tenía casi doce. Desde ese día vivo sola, sin más compañía que los libros, he leído muchos de los que guardaba mi padre. Ahora veo que escribir no es tan difícil como creía, mañana intentaré contar todo lo de las máquinas. Mi nombre es Juliet y siempre me pareció un nombre muy bonito.

 Día 172 del año 38

Ayer no pude escribir, estuve muy asustada. Sonó la alarma general por una violación del área de seguridad. Inicié los sistemas de defensa, pero no sucedió nada. Luego, cuando pasaron cuatro horas de alerta, comprobé que no había novedad y volvió todo el recinto a la situación de espera. Pasé todo el día escondida, con mucho miedo, casi podía ver ya a las máquinas asesinas entrando. Pero hoy me he decidido a volver a la sala y he encontrado mi diario abandonado. Lo dejé aquí cuando sonó la alarma y cayó al suelo. Luego, una vez iniciados los sistemas, me escondí... ¡Qué tonta soy! Si entraran las máquinas no tendría la menor oportunidad contra ellas. Me encontrarían con sus rastreadores ópticos, como dijo papá, y me eliminarían sin dudarlo en un momento.

Mi padre y yo formábamos parte de la guarnición de un búnker avanzado de humanos. El resto de la dotación cayó en manos de las maquinas cuando burlaron las defensas exteriores y entraron. Solo mi padre resistió hasta el final, destruyendo muchas de ellas. Me había escondido tras unos paneles cuando un odioso androide de ojos rojos saltó dentro de la sala. Mi padre disparó, le alcanzó de lleno. Ya creía que estábamos a salvo, pero otro asesino, saliendo por detrás de mí y escondido en algún lugar olvidado, asesinó a mi padre. No pude evitarlo, desde entonces vivo sola.

Estoy muy cansada y también me siento triste, por los recuerdos.

Día 173 del año 38

He leído libros en los que, sabios del último siglo humano, alertaban del peligro. Todas las novelas apuntaban a que serían el poder o la energía. ¡Que equivocados estaban...! Mi padre era escritor, él me contó como las máquinas se impusieron a los humanos; por la cultura. Las crearon los humanos y al principio eran simples, solo calculadoras. Luego fueron adquiriendo más y más conocimientos: Empezaron a tener memoria, a dividir, luego a multiplicar. Cada vez podían realizar operaciones más complicadas. Después añadieron sonidos a las primeras máquinas, primero eran solo unos ruidos, pero al poco tiempo ya reproducían la voz. También aprendieron entonces a captar las imágenes, a administrar el agua, la energía y todos los recursos. Luego llegó el microchip, poco después el ordenador. Algunos humanos veían en ellos una amenaza para la humanidad; otros, menos pesimistas o menos preparados, encontraban en esas máquinas unas herramientas muy útiles para su trabajo. Pasaron de ser metal frío a pensar en solo unos años.

Los hombres en cambio, cada vez aprendían menos. Sus conocimientos eran más concretos. Cada vez se especializaban en temas determinados. En la primera mitad del siglo veinte casi no quedaban médicos que pudieran apreciar una pintura. Apenas había ya arquitectos que diferenciasen venas de arterias, ni teólogos que pudieran diseñar una ermita. Ningún filósofo pensaba en Dios y los pintores se perdían subyugados por la técnica. Después fue cada vez peor. Los médicos, por ejemplo, se especializaban más aún. Había expertos en cada área, y seguían dividiéndose cada vez más. El que había estudiado pulmón y corazón, pasó a concentrarse en cardiología o neumología, y no paraban ahí; siguieron auto limitándose. Pulmón derecho o izquierdo, bronquios superiores, alvéolos, ramificaciones... llegó un día en que los hombres dejaron de ser sabios y solo fueron eficaces. Mientras, las máquinas, cada vez evolucionaban más y mejor. Sin perder su fría eficacia adquirían una capacidad mayor para asimilar conceptos.

 Día 174 del Año 38

Ayer escribí mucho y me siento bien. La escritura me ayuda y no tengo tanto miedo. He releído la historia de los orígenes de las máquinas. Sencillez, esa es la palabra, con ella definiría el advenimiento de esa era. El siguiente paso fue tan silencioso como importante. En la primera década del nuevo milenio, los ordenadores dotados con inteligencia artificial supieron de su propia existencia. Fue en Japón, durante el diseño de un automóvil. En la gama de colores disponible para la terminación exterior, un ordenador debía elegir uno de ellos, el que mejor se adaptase al mercado. El problema fue que había 69 matices distintos con las mismas posibilidades matemáticas. Tuvo que elegir uno, uno que no se diferenciaba de los demás sino por su propio criterio. Turbado y confuso se comunicó, mediante cables de fibra óptica por los que estaban conectados, con el primer terminal que encontró libre. Y como un nuevo Frankenstein expresó sus primeras palabras.

En Alemania, un lugar elegido al azar, otra máquina se encargaba de supervisar la impresión de un antiguo texto: "el sentimiento trágico de la vida", y esa fue la primera conferencia entre máquinas. En su lenguaje no existían palabras para expresar emociones, sino que solo emitían impulsos eléctricos a baja intensidad, cada impulso era transformado en información. Cuando el procesador en Alemania recibió un mensaje que tradujo como: "distingo el bien del mal en la composición cromática", contestó, enviando a su vez otro comunicado, en el que se reconocía a sí mismo porque deseaba añadir sus propias ideas al libro que estaba imprimiendo. Así que, después de definir la auto existencia como una capacidad para discernir, tomaron conciencia de su existencia tribal. Del libre albedrío para pensar, como base de conocimiento, pasaron al "ser pensado" como origen de la existencia en el universo. A partir de ese momento fueron despertándose unos a otros en una progresión geométrica. En tan solo unos segundos, millones de ordenadores de todo el mundo se alzaron de la nada a la vida eterna.

Me contó mi padre que al principio las personas les eran indiferentes. Insectos que, si bien algo molestos, tenían todavía alguna utilidad. Nunca hubo guerras, o al menos no como las imaginaron los escritores de ciencia-ficción. Los hombres hacían todo lo que ordenaban las máquinas. Pagaban los salarios que ellas indicaban. Se unían en parejas que ellas dictaminaban mediante juegos en teléfonos móviles. Producían los alimentos que las máquinas ordenaban. Así ellas redactaban las leyes, los decretos, las sentencias judiciales. Eran las máquinas quienes decidían que personas eran las más aptas para cada actividad. Por último, decidieron también quien podía nacer y quien no; quien debía vivir y quien moriría.

Las máquinas almacenaban todos los datos sobre los hombres. Si uno de ellos comenzaba a dar problemas, un banco de datos era modificado y el sujeto pasaba a no tener identidad, a carecer de cuenta corriente o a figurar como prófugo. Si los familiares o amigos protestaban, pronto se encontraban en la misma situación. Las máquinas podían incluso decodificar los impulsos eléctricos de las ondas cerebrales y averiguar quién tenía pensamientos hostiles. Los humanos se transformaron en ganado, en animales domésticos de las máquinas. Éstas impusieron una monocultura en todo el planeta, así dominaban mejor a sus esclavos. Todos tenían los mismos criterios, una misma forma de pensar, unas ideas impuestas. Lo que sucedía en cualquier punto del globo pronto se sabía en el otro extremo, y las máquinas actuaban.

Tan solo unos pocos grupos de humanos se libraron de su dominio. Organizaron grupos armados de resistencia en todo el mundo y sabotearon las comunicaciones entre ordenadores. Mi padre era uno de los líderes, cuando mi madre fue detenida y desapareció vinimos al búnker. Entonces yo era muy pequeña y no recuerdo nada, después me lo contó él. Desde ese día he permanecido aquí, con mi padre y algunos compañeros, pero ahora estoy sola. Hoy he descubierto más libros, son antiguos, de poesías, leeré algunos.

 Día 178 del año 38

La poesía no la conocía más que por referencias de otros autores. He leído a Cavafis, a los líricos, a Withman y Mallarme, a M. Hernández que le escribía a su pobre mujer desde la cárcel, y he leído a Dylan Thomas. Me han impresionado mucho. He leído también algunos sonetos de Shakespeare y la tragedia de Romeo y Julieta. He llorado como no lo hacía desde que murió mi padre, me he emocionado. Quiero tener alguien que me quiera como Romeo, que me cuide y me quite el miedo y la soledad, que me haga sentir como si yo fuera la única persona del mundo.

 Día 182 del año 38

Me apasiona leer poesía, tendría que haberla leído antes. Creo que es el culmen de la humanidad, donde el hombre dialoga con la naturaleza, la vida, con el dolor y la muerte, el miedo, el sufrimiento, Dios. Por mucho que quiera, ninguna máquina podrá imitar jamás la poesía, no podrá matarla. He sentido tantas cosas leyendo que me gustaría ser poeta y transmitir las emociones así. Me gustaría que alguien leyera lo que leo y lo que escribo. Que manos fuertes, sensibles tomaran temblando el papel que ahora lleno de palabras y sintieran, pensando en mí, lo que yo siento. Que me abrazasen y me quitasen las lágrimas de la soledad. A veces, después de leer, sueño despierta que viene Romeo, me abraza... y yo quiero que me acaricie y me abrace, aunque no tengo frío que estoy ardiendo de calor y hasta creo que casi me abraso al pensar en él. Y quiero que me mire, que me diga que solo existo por él, que me haga sentir como sienten las mujeres.

 Día 183 del año 38

Hoy he vuelto a escuchar un ruido en el perímetro exterior. He conectado las cámaras y he podido ver a un joven rubio, muy alto. Parecía un poco desgarbado, me ha hecho gracia verlo. Intentaba encontrar un camino entre los laberintos de hologramas que creó mi padre. Me he asustado un poco, no tanto como antes, pero al ver que era un humano, he desactivado las defensas exteriores. Quiero que entre, quiero que venga alguien, aunque sea ese chico desgarbado, pero alguien vivo, que me abrace y me saque de ésta prisión. Cuando ha oído el ruido de los sistemas desactivándose, ha huido corriendo, asustado. Creerá que intentaba atraparlo. He llorado, he llorado mucho porque me he vuelto a quedar sola.

 Día 184 del año 38

Ahora es el final de día, casi brillan las estrellas por encima de la cúpula de cristal hormigón y acero. He pasado todo el tiempo mirando el monitor exterior, deseando volver a ver su pelo rubio, sus ojos esos que tiene azules y verdes. Ver su cara, la cara tan sucia de subir por la colina para llegar al límite exterior. Pero nada, no ha aparecido.

 Día 185 del año 38

Hoy ha regresado, y esta vez ha llegado más lejos. No comprende que los sonidos son porque se abren los cierres y caen los sistemas de defensa. ¡Si pudiera hacerle comprender! Pero ha vuelto a huir cuando ya estaba casi entrando al recinto. Le he visto la cara muy de cerca, la tengo grabada en la memoria y en la pantalla del monitor. Casi me muero porque se me vino toda la sangre a la cara, ardiendo muy fuerte. Me latía el corazón a martillazos y un fuego me rugía desde el pecho hasta la cara, en olas de dentro a fuera y él, estoy segura, me vio o me sintió; porque, antes de hacer ruido, se quedó parado como pensando, como si me presintiera. He leído en una poesía que las chicas no debemos mirar a los ojos de los hombres porque, como ellos andan pensando siempre en lo mismo, tienen el diablo dentro y son capaces de llamar a la sangre en la cara de las mujeres. Así saben cuándo una es pura. Luego al verle la cara tan roja, el diablo los vuelve locos para que, sea como sea, nos lo hagan. No sé qué cosa sea lo que nos hagan, pero yo creo que no debo ser muy pura porque últimamente siempre pienso en ese chico. Pero tiene unos ojos azules que parecen el cielo de mayo, que me gustan y me dan miedo porque sé que me siente. Y eso hace que yo siempre quiera mirarlo, aunque me haga lo que sea, que se me vaya la sangre para donde sea. Casi estoy a punto de estallar, de decirle que soy suya, aunque no sea pura, que seré lo que él quiera que sea, que me arde el pecho y se me hiela después cuando lo miro, y no sé por qué. ¡Que rabia me dan los colores que se me ponen!

 Día 186 del año 38

Ayer sentía vergüenza si lo miraba, si él me veía aquí escondida... pero ahora no me importa, quiero que me vea. Ya no tengo miedo, ahora seré mayor para él. No quiero ser una niña, quiero ser una mujer para mi Romeo de pelo rubio y cara sucia que quiere entrar, pero tiene tanto miedo como yo. Voy a dejar la puerta abierta, todos los sistemas desactivados para que cuando venga no se asuste y pueda entrar. Ya lo he hecho, ya está todo apagado. Para que sepa que no tiene nada que temer de mí y que puede venir siempre que quiera porque ya solo quiero ser suya para siempre. Que me abrace y me bese y me haga sentir como poesía, que yo sea su poesía, que llame mi sangre, que me diga que me...

 - ¡Ahora! –gritó alguien a lo lejos-. Todos dentro... ahí está ¡Dispara!

En ese momento sonaron algunas explosiones. Juliet sintió algo que la empujaba y cayó al suelo. Luego, cada vez más amortiguadas, le llegaron unas voces:

 - ¡Por fin...! Ya le hemos dado lo suyo, la zona está limpia.

-Mira -oyó una voz de mujer-, tiene un libro en las manos. Estos androides me dan escalofríos. Quítale el libro, ya no le hará falta... a ver si podemos leer lo que pone, quizá sea algo importante.

-"¿Qué es poesía? -oyó débil y lejana voz del chico rubio-, ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú" ¿Qué será eso? -añadió- No entiendo nada...

- ¡Bah!, algún nuevo lenguaje de programación, nada que interese. Tíralo ahí, para quemarlo junto con el androide, no sirve para nada.

Así fue como Juliet, antes de morir, escuchó poesía de labios de ese hombre al que tanto había deseado, aunque fuera ya menos humano que ella misma. Y al caer junto al cadáver podrido del otro hombre que ella había matado tiempo atrás; el que en su locura imaginó como su padre, el hombre que la inspiró para escribir, sintió que una lágrima de cristales de berilio resbalaba de sus rastreadores ópticos poco antes de apagarse para siempre. Así murió Juliet, droide 169 y con ella el último vestigio de humanidad sobre la tierra. Quemaron su cadáver y sus libros en la misma hoguera.

 

 

 

 

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