MENSAJE EN UNA BOTELLA escrito en 2001 Del día en que conoció a Guillermo (y empezó a ser Willi antes del tercer johny walker) el Cuko recordó tres cosas; los libros de Willi, los barcos y las manos de la camarera cuando les pasaba la botella. Estaba prohibido el alcohol en cafetería, después de todo era un hospital, pero a escondidas llenaba la botella de nestea con algo fuerte. Para la gente de la casa, se decía. Ella se retrasaba rellenando los vasos mientras los miraba con descaro y el Cuko pensó lo embarazoso que sería cogerla de las muñecas y obligarla allí mismo a que lo acariciara. Pocas semanas antes, gracias a un amigo de su padre, el Cuko había conseguido un contrato de celador. Desde que salió de la cárcel llevaba ocho meses de repartidor de muebles, con un jefe al que parecía que se le enquistaban en el riñón las gotas de sudor que no echara, que lo tenía sin un duro y con la espalda reventada a fuerza de cargar tresillos. Levantándole el tabaco a to...
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Mostrando entradas de noviembre, 2023
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Hay opiniones que sólo se curan viajando. Otras resbalan y otras se fundamentan. Para timar, nadie como un español. Para insultar un argentino. Y para dar la turra de cuñado, un francés. Nadie discute como un italiano, ni amenaza como un alemán. Para beber un ruso y para rezar un polaco. ¡Que bien piden los griegos y pelean los irlandeses! Y para montar un buen lío, un inglés. Solo un inglés y un perro soportan el calor.
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Boda. ¿Es traición la tradición? Blanco, coro, lirios y lacitos. Retraso de novia, susto de novio que recuerda el "no-me-baja." Arroz y tarta. Cóctel, quintos, queso y un vermut. Rojo, por favor. Hielo en el vaso, hielo en la sangre, hielo en tus ojos de perra muerta. ¡Pueden ir pasando a las mesas! dice una voz. Cuando odias a todo el mundo, poco importa donde te pidan que te sientes. O con quien. Lo único libre es la barra. Ginebra, sola, sin hielo. Si, he dicho sola. Si, he dicho sin hielo. Hoy no haremos prisioneros, aplicaremos la convención de la ginebra. Vámonos de aquí de una vez. Vámonos de una vez. Vámonos de una. Vámonos.
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La mirada ardía en la memoria. No hay lluvia de otoño que apague unos ojos enamorados. Años después recordaría ese momento, pudo ser y no. Utilizaba la cabeza para tapar el fondo de un sombrero de copa. No me lo quito, dije, nadie sabe que conejo puede salir de ahí. Y tú sentada en un sillón querías que yo te tocara. Créeme que lo intenté. Lo quise, lo intenté pero nos miraban. Mira lo que ha traído el gato, dijiste cuando empezó a llover. Te subí a tu habitación y silbé camino de vuelta.