MENSAJE EN UNA BOTELLA   escrito en 2001

Del día en que conoció a Guillermo (y empezó a ser Willi antes del tercer johny walker) el Cuko recordó tres cosas; los libros de Willi, los barcos y las manos de la camarera cuando les pasaba la botella. Estaba prohibido el alcohol en cafetería, después de todo era un hospital, pero a escondidas llenaba la botella de nestea con algo fuerte. Para la gente de la casa, se decía. Ella se retrasaba rellenando los vasos mientras los miraba con descaro y el Cuko pensó lo embarazoso que sería cogerla de las muñecas y obligarla allí mismo a que lo acariciara.

Pocas semanas antes, gracias a un amigo de su padre, el Cuko había conseguido un contrato de celador. Desde que salió de la cárcel llevaba ocho meses de repartidor de muebles, con un jefe al que parecía que se le enquistaban en el riñón las gotas de sudor que no echara, que lo tenía sin un duro y con la espalda reventada a fuerza de cargar tresillos. Levantándole el tabaco a todas horas y "te-callas-o-a-la-puta-calle". Así que cuando su padre le mandó recado que empezaría al día siguiente, bien temprano se presentó a Willi que era el jefe de personal en el hospital de la Marina, junto al mar.

Pagaban bien. El trabajo era poco, los amigos muchos, y se ahorraba la pensión durmiendo muchas noches en el mismo hospital, como Willi le había enseñado. Estaba a disposición del centro y sacaba de filfa un sobresueldo. Cada tres noches de guardia podía descansar dos días, que destinaba a sus tres aficiones favoritas: las mujeres y el barco (las mujeres, decía, valen doble porque tienen un par y aquí coincidía con Willi y con sus libros). Solo en tres de las guardias no pudo dormir y no fue por motivos de trabajo, sino por sus dos primeras aficiones. Lo mejor era si podía llevarlas al nueve metros que su padre tenía para los veranos, amarrado en el muelle y que ahora usaba él.

No sabía hablar como Willi. No podía decir aquello de: "He navegado mares y bibliotecas" como el que escribió lo de la ballena blanca. Pero cuando sostenía la caña del timón o cogía un rizo a la mayor porque el levante apretaba, no necesitaba mirar al mar para encontrar mensajes en botellas, ellas llenaban de mensajes sus ojos mientras bebían a gallete de la botella de aguardiente. Y después de ellas amaba el barco; "la gaviota", y salía de vez en cuando a dejarlo correr tras el viento, acostándolo muy ceñido. Y al entrar a puerto hacía, como el abuelo, las maniobras sin arrancar el diésel, solo con la vela, arriándola a pocos metros del amarre. Su vecino de muelle, un asturiano borrachín y jubilado que tenía una bañera enorme, "la curra", con dos palos y pintada de negro, le había jurado que si le enseñaba a maniobrar así le pagaba una mariscada. El Cuko sacudía la cabeza sin contestar y volvía al hospital a dormir la guardia.

- ¡Como se entere tu jefe te la corta, maricón! -decía Willi y le guiñaba un ojo riéndose cuando llegaba por la mañana y le veía salir bostezando del cuarto de enfermeras. Una vez que lo encontró con una enfermera, mientas ella se levantaba ajustándose el uniforme, le soltó un "te llamaré Ismael" pero el Cuko nunca entendió que era aquello: Así era Willi. Luego buscaban algún otro con quien jugarse el desayuno a los chinos, y esperaban el reparto de tareas, echando los cepos a ver quién se llevaba a alguna enfermera al almacén. No tardó en admirar a Willi; cómo las volvía locas su pelo corto, canoso, sus ojos grandes y sus citas de escritores tristes. Tenía clase. Desde la rubia más fría a la casada más fiel se derretían cuando, con un beso en la mano, las invitaba a bailar. Después, cuando decían adiós para siempre preguntando si las olvidaría, él respondía "cada día de mi vida" y ellas revivían esas palabras noche tras noche, entre lágrimas, hasta que suplicaban verle una vez más. El Cuko hablaba meno. No tenía palabras, pero ellas sabían caer como estrellas fugaces en el agujero de soledad que adivinaban tras sus ojos y silencios.

Y fue casi al final del verano cuando sucedió.

El Cuko había subido a la planta a un guiri al que casi se le fríen los huevos encima de un colchón de goma. Había dormido el tinto con gaseosa; bañándose, con la espalda al sol de la tarde, mientras su compañera compraba collares en los hippies. La corriente se lo llevaba y los de la cruz roja lo recogieron a pocos metros de la bocana. Gracias a que los pescadores del muelle habían avisado riendo que había un cachalote a la deriva.

La enfermera le dio los papeles del seguro, que venían en alemán, para llevarlos a la nueva gerente, recién incorporada, en la planta segunda. Subió al despacho. Se llamaba Julia y la encontró inclinada sobre unos archivadores. Llevaba una blusa blanca. Julia en septiembre vestida de blanco y alcanzó a ver mucha piel por el escote, con pecas a los dos lados que a la luz de la tarde parecían de canela. Para el Cuko era luz de falúa a la deriva, avisando a navegantes maniobra de acercamiento. Se parecía a las hijas de los amigos de su padre: limpias, delgadas y cultas de master y martinis, ropa cara y visa oro, sindicalistas de primer canuto a los veinte y octavillas, a las que podía meter mano a escondidas, pero solo las llevaba a la cama un opositor a notarías. Iba a dar media vuelta cuando Julia se excusó por no haberse presentado primero.

-Es que estoy muy liada -las aficiones del Cuko temblaron bajo la blusa-. Me llamo Julia, y espero que entre todos me ayudéis a llevar esto. Hay que cambiar un par de cosas.

Al día siguiente su jefe no vino a despertarlo para que desayunaran juntos. A veces pasaba que tenía que hablar con algún médico o la jefa de enfermeras, entre cafés con leche o el primer nestea del día. Cuando el Cuko llegó a la barra, vio que al fondo en la última mesa estaban sentados Julia y Willi. Supo que su jefe iba de caza y decidió disputarle la presa. Agarró rápido el café que le acercó la camarera, y se sentó en una mesa junto a ellos. Pudo pillar, pegando el oído, palabras sueltas. Pero Willi repetía que le daba mala espina. Julia asentía sin mucho convencimiento.

-Tu mandas -decía Willi-, pero no me gusta, no es trigo limpio.

Se volvieron casi a la vez hacia él. Willi preguntó si se conocían y lo invitó a sentarse con ellos. Julia le dijo que se trataba del ordenador nuevo que le habían traído y el Cuko tuvo que sorber café y parpadear porque vio que las pecas bajo el escote empezaban a bailar.

-No es que esté mal -dijo Willi-. Que yo no entiendo. Es que me da mala espina. Con solo verlo de lejos da la calambre; hay algo raro, no sé... me lo dice éste -y se tocó el pecho.

Ahora o nunca pensó el Cuko. Podía tentar a la dama de las canelas.

-En el talego nos dieron un curso, si quieres le echo un vistazo.

La vio asentir y la sonrisa que asomó tenía buen cariz. "Libre a estribor, maniobra el velero"... Pensó que se iba a hinchar a tetas. Que Willi se podía guardar los libros en la sentina porque ésta era de barcos. Él sorbería el canela de las pecas y bajaría por el vientre... La imaginación del Cuko se desenredaba por el cuerpo de Julia mientras ella se ajustaba la falda. Sus pensamientos seguían navegando rumbo sur cuando Willi le dijo que mejor fuera a probar el ordenador al despacho de Julia. Hizo como que terminaba el café y se marchó. Entró al despacho, se sentó en el sillón de ella y aspiró; olía a mujer y a ganas. Luego fue donde estaba el ordenador; un portátil aún embalado. Lo montó y lo conectó para cargar la batería. Comprobó que tenía micro. Grabó "ven conmigo" y lo guardó de sonido de inicio. Se reirá, pensó. Todo iba bien. Ni un problema. Traía pocos programas instalados y funcionaban bien. De pronto un mensaje: "el archivo que intenta abrir está dañado, pero word puede recuperarlo. ¿Desea que word abra el archivo?" Se sorprendió. No intentaba abrir nada, pero el windows era así, había pasado muchas veces. De todas maneras, pulsó "si". La pantalla quedó en blanco, buscando. Se abrió una pantalla. Se había auto titulado "aviso uno", luego la palabra "Ambulancias" y ningún otro texto. No sabía que podía ser. Canceló el mensaje y siguió probando los programas instalados. Pero al poco tiempo oyó un golpe en la calle. Abrió la ventana y se asomó. Dos ambulancias que entraban a la vez se habían empotrado contra la garita del vigilante; no había heridos. Parpadeó como un búho a la luz. Podía ser casualidad, pensó. Volvió al ordenador.

Al poco apareció otro mensaje y el Cuko se asustó al leer: "camarera". Comprobó que no había aún conexión a red. Tosió, siempre que no entendía algo lo hacía. Pensó que quizá Julia..., pero lo desechó enseguida: el ordenador lo acababa de montar y nadie lo había tocado. Volvió a toser y bajó a cafetería pensando que era un idiota dándose prisa. Cuando llegó se burló de sí mismo otra vez, todo estaba bien. La camarera sonreía mientras servía un nestea a un médico. Alguien le pidió un cigarrillo y se acercó por el paquete que estaba encima de la máquina del café. La sonrisa del Cuko se heló al estallar el calderín de la cafetera. Un momento después la camarera se recuperaba en una camilla; solo un susto y quemaduras en las manos.

Sacudió la cabeza y volvió al ordenador. Julia no estaba todavía. Buscó algún archivo llamado "aviso uno" y nada. Ya iba a apagarlo cuando otra vez apareció un mensaje. "Cardiología". Cardiología quedaba en la misma planta en el otro pasillo. Concluyó que, si pasaba algo allí, daría la razón a Willi. Apagó el ordenador y corrió. Una enfermera estaba de guardia, pero todo parecía estar bien. Esperó un rato y tomó otro café. Ella se dejaba mirar y quedó para llevarla a navegar alguna noche a la luz de la luna, por si no cuajaba el negocio de la canela, en reserva. No estaba mal la enfermera, pensó que podría curar su corazón de viejo. Pasaba el tiempo. Nada. Es una coincidencia, pensó. Se encontró con Julia y Willi, que iban al despacho de ella. Los acompañó mientras Willi hablaba de libros. No les dijo nada del mensaje, no sería más que una tontería y aún podía probar suerte. Entraron al despacho. Encendió el ordenador y, maldita sea lo había olvidado, el nuevo mensaje de inicio hizo que Julia y Willi se acercaran y se colocaran justo detrás de él. En menudo lío se estaba metiendo. Oyó que Julia murmuraba un "que gracioso" y creyó ver que Willi le guiñaba un ojo. Instaló el módem, todo parecía ir bien. De pronto otra vez un mensaje: "abordaje".

- ¿Y eso? -preguntó Julia.

-Otra bromita, seguro -dijo Willi mientras le daba al Cuko una colleja suave y añadió algo como "uno que se va". Salió cerrando la puerta. El Cuko sabía que eso quería decir "hablemos a solas". A Julia le dijo que era mejor formatearlo, que tenía discos de inicio en el barco, y se fue. Willi esperaba cerca. Que gane el mejor y la disfrute. Y el otro que lo vea, se dijeron. Pero Willi añadió que tuviera cuidado con la mala suerte.

Esa tarde Julia le preguntó si sabía navegar por internet. El Cuko contestó que sí, pero que navegar era mejor hacerlo en barco.

- ¿Podrías enseñarme? -no aclaró a qué-. Y de paso lo probamos.

-A las seis en el puerto; muelle ocho.

Julia dijo que allí estaría y el Cuko pasó el resto del día dando paseos por cardiología. Nada. Cuando terminó el turno ya casi se había olvidado de los mensajes, a las cinco ya estaba en el barco.

Se sentó junto al amarre, fumando, a esperar que se hiciera la hora. La vio venir por el paseo. Pudo ver, maldiciendo su mala suerte, que Willi la acompañaba. Subieron al barco. Mientras ayudaba a Julia a subir vio las velas de su vecino con "la curra" todavía fuera del espigón. Se sentaron en los asientos de popa. Quedaron para ir a cenar allí cerca. El Cuko bajó al camarote con el ordenador, "es solo un minuto, dijo, y así no vamos al restaurante cargados". Willi estaba de acuerdo. Encendió el ordenador y buscó los discos de inicio de windows. Los encontró en la caja de herramientas, después de revolverlo todo, y los dejó junto al ordenador, encima de la litera de arriba. Se agachó para coger una camiseta limpia.

Mientras se la ponía, el Cuko oyó un golpe fuerte y una sacudida que lo tumbó. Casi al mismo tiempo notó como el barco se inclinaba y rodó por el camarote. El ordenador cayó desde la litera golpeándole en la cabeza. Notó que se mojaba las manos, los pies y luego la oscuridad se lo tragó.

Cuando despertó, tumbado en el muelle, Willi le contó como el asturiano, que el diablo o la botella se lo lleven, había entrado en el amarre hasta con el tormentín desplegado. Borracho a reventar cantaba "Soy minero" cuando había embestido la popa de "la gaviota". -Menudo susto -añadió-, menos mal que estaba yo aquí ¿eh?

Le dijo como había tenido que bucear hasta el fondo y allí lo encontró, ahogándose junto al ordenador.

-Y porque estaba encendido. Te pude encontrar allá abajo gracias a que todavía brillaba la pantalla. Después de todo te ha traído buena suerte. Ahora habrá que tirarlo.

El Cuko pudo imaginar el ordenador allá en el fondo, llenando el mar de mensajes, como náufrago que mete papelitos a una botella y los lanza al mar.

A los tres meses, en la boda de Julia y Willi, el Cuko recordó tres cosas; los libros, los barcos y lo que le dijo al oído la enfermera de cardiología cuando llegó media hora tarde y fue a sentarse al lado de él. Le dio un vuelco el corazón. No se lo dijo a nadie, pero ella se había retrasado tanto que resultaba embarazoso

 

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