La mirada ardía en la memoria. No hay lluvia de otoño que apague unos ojos enamorados.

Años después recordaría ese momento, pudo ser y no.

Utilizaba la cabeza para tapar el fondo de un sombrero de copa. No me lo quito, dije, nadie sabe que conejo puede salir de ahí. Y tú sentada en un sillón querías que yo te tocara. Créeme que lo intenté. Lo quise, lo intenté pero nos miraban. 

Mira lo que ha traído el gato, dijiste cuando empezó a llover.

Te subí a tu habitación y silbé camino de vuelta.

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