LA PARADA DE
LOS MONSTRUOS escrito en 2002
Chano abría el bar y encendía la máquina tragaperras, antes que se apagara la última estrella. Los hombres de la fábrica esperaban con el cigarrillo colgando del labio -no volverían a fumar hasta salir del recinto-, las manos en los bolsillos y afirmando con voz profesional que no había café como aquel. Enchufaba la cafetera y desplegaba docenas de platos diminutos sobre la barra. Colocaba vasos cortos encima y llenaba algunos de leche condensada, para tenerlos preparados antes que le llovieran los pedidos de solos, cortados, carajillos, belmontes y demás. Luego, sin prisas, dejaba los diarios en una esquina y se agarraba al Marca con curiosidad de entomólogo. Pura era su mujer. Una castellana hecha de raíces de árboles, canija y malencarada. Atendía a los parroquianos con desgana, chasqueando la lengua cada vez que oía su nombre.
Manuel le guiñaba un ojo y pedía un solo. Para él, y sólo para él, siempre había sonrisas de la Pura. Luego Manuel buscaba algún diario y leía despacio las Esquelas. Nunca miraba la sección deportiva porque la envidia le comía los huesos flacos. Ese día había pocos muertos: Anselmo Granujo alias el zorro, ochenta y dos. Ginesa Trueba alias la Mocha, setenta. Ursula Iguarán, centenaria, alias la Soledá; y María -sin apellidos ni edad conocida- alias la Picaporte. Pagaba la esquela el ayuntamiento, a cuenta de sus bienes y por si hubiera deudos. Con una sonrisa releyó la Esquela y recordó años atrás una seca primavera. Cuando tenía apenas la docena y estaba ingresado en el hospital por ver si le arreglaban de una vez el paralís por las secuelas de la Polio.
No olvidaría
la 113: Olor a orines y al compañero de habitación, don Jaime. Antiguo capitán
de artillería, se trataba unas purgaciones y bebía anís a escondidas. Volvió a
escuchar su voz aguardentosa dándole consejos:
"Manuel,
quien sabe, sabe y quien no, a dar lecciones".
Vino a su memoria la Cuca. Pasillo de enfrente y uno o dos años menos, nunca lo supo bien. Convaleciente de la última paliza de su padrastro; drogadicto. La dejó sin himen, sin bazo y con tres costillas rotas. A Cuca la visitaba día sí día no su tía cincuentona. Era parlanchina y recia aunque de buen ver. Solo le quedaba ella, su madre se había fugado con el agresor sin dejar señas y poco antes que se presentaran dos policías a detenerlo. A denuncias del hospital fueron puestos en busca y captura.
A él lo iba
a ver su madre cuando podía dejar a sus cuatro hermanos con una vecina, una vez
a la semana. Pero no la echaba en falta y menos aún cuando llegó la Cuca. En
las tardes que brillaba el sol escapaban después de los termómetros al patio.
Habían oído decir a la doctora Mercedes que el sol tenía unos rayos que
quitaban las cicatrices. Mientras ella hacía pajaritas de papel Manuel se abría
el camisón y enseñaba al cielo unas piernas raquíticas, llenas de costurones.
Se imaginaba a sí mismo al cabo de los años corriendo, con los brazos en cruz y
bañándose de aplausos. Otras veces cerraba los ojos y soñaba que estaba en la playa
y que las pajaritas se volvían gaviotas y echaban a volar. Como nunca había
visto el mar no podía concebirlo más que como un barreño muy grande y como se
ponía a pensar en el tamaño del barreño, las gaviotas volvían a ser pajaritas.
La Cuca tampoco había visto nunca el mar, así que solo llenaba el suelo de
pajaritas.
María la Picaporte, compañera de habitación de La Cuca, era ya muy vieja. Mendiga y loca arrastraba por toda la ciudad un carro lleno de cartones y perros. Algunos le achacaban una fortuna oculta, pero ella nunca decía nada. Se movía poco y hablaba menos. Cuando le servían el desayuno, un café con leche aguado, esperaba mirando al vacío a quedarse sola con la Cuca y lo vaciaba en una lata oxidada que escondía en su mesilla. Luego lo bebía de un trago soltando un eructo al terminar. Nadie conocía bien su historia, aunque alguien contó una vez en la sala común, que había sido una cupletista mantenida por un alto funcionario. Una noche después de que terminara la actuación, un gitano, que la había mirado todo el tiempo con ojos de gato, la visitó en su camerino y le arrancó entre grititos de rata la última gota de lucidez. Luego desapareció y ella lo buscaba desde entonces, con una piedra en la mano. Tiraba de su carro y amaestraba perros para que ladraran a los gitanos. La Cuca también hablaba poco y nunca mientras hacía pajaritas. Siempre eran del mismo tamaño y les cortaba las puntas de las alas. "Para que no se escapen volando" decía.
En la sala
común pasaban las tardes, escuchando las conversaciones de las visitas y las
quejas de los enfermos. Allí conocieron a Paco el rizos, que cuidaba de su
madre, enferma terminal. Venía todos los días andando mas de cinco kilómetros
porque no tenía ni bicicleta. Era un mozo de veintipocos. Alto y moreno, tocado por
alguna magia vieja que hacía que las mujeres, solo con presentirlo,
enloquecieran de deseo. Manuel había comprobado docenas de veces que así era.
Las veía removerse en las sillas de plástico de la sala, inquietas, húmedas,
comiéndoselo con los ojos, imaginándose debajo de él, encima de él, alrededor de él. Con él dentro.
Una tarde mientras su tía hacía ganchillo, oyó a Cuca, que estaba sentada a su lado y frente a Paco el rizos, cuchichearle a su tía unas palabras turbadoras: "Táta, que se me moja el chichí". Luego, cuando se marchó la tía y se fueron solos al patio, se atrevió a preguntarle qué era. Ella terminó la pajarita, mordisqueó las alas y agarrándole la mano la condujo hábilmente bajo la faldita de tablas. Y el Manuel quedó como si se le hubiera extendido el paralís por todo el cuerpo. Cuando él la miró a los ojos ella sólo dijo: tócamela. Desde entonces apresuraban el baño de sol y ella, comadreja experta, le enseñaba cada día un juego nuevo.
Loren el
viejo parecía una tortuga sin cáscara. Con el cuello de piel ajada imitaba una
radio por dentro, llena de cables cruzándose. Había sido seminarista de mozo y
luego, decía, había perdido la fe y la vocación a la brava, en brazos de Marta
la francesa. De la época de sacristán le quedaba un cierto deje blandengue al
hablar y, la manía de "incensar el templo" a base de liarse
cigarrillos. Su mujer, Concha, había muerto al poco de casarse y lo había
dejado solo. Sin moza, sin latines y con esa estampa de desvalido al que nada
incomoda; que no se queja nunca porque no tiene a quien hacerlo. Se solía
sentar al fondo y en lo oscuro. Decían las enfermeras que la mañana la pasaba
sacándose mocos con el dedo índice, que luego guardaba con precisión de
numismático bajo su cama.
Había una doctora, doña Mercedes; de padre rico hija única y de izquierdas, de la que todos estaban enamorados. Hasta Loren el viejo llegó a limpiar una mañana, con una servilleta untada en yodo y agua oxigenada, los mocos bajo su cama cuando oyó el taconeo de la Mercedes por el pasillo. Para Manuel era una sacerdotisa extraña, que dominaba secretos antiguos y a la que celadores y enfermeras obedecían sin rechistar. Cuando la veía hablar con otros médicos en los pasillos, le parecía una reina. La imaginaba novia de algún semidiós y todo lo relacionado con ella era misterioso. Pero una tarde, cuando vieron llegar al rizos sofocado de venir corriendo porque se retrasaba, alguien le comentó que a ver si se hacía con un seiscientos, que así andaría menos. Este sonrió con picardía y contestó: -"¿Un seiscientos? ¿para qué? ¡Si cuando quiero monto en Mercedes!". Todos rieron con ganas aunque Manuel solo entendió la gracia cuando los vio, días después, escondidos en el cuarto de la limpieza. Ella llorando, pugnaba por comerle la boca y decía que si lo veía con otra los rajaba. Así, su diosa, cayó en el crepúsculo ante sus ojos.
Una noche, cuando los celadores ya habían terminado su última ronda, estaba en la habitación de la Cuca, mirando como hacía pajaritas de papel. María la picaporte parecía dormir, sin ruido, agarrando las mantas como tienen costumbre los mendigos, cuando la puerta de la habitación se abrió. La Cuca pareció alegrarse al ver a su madre entrar a hurtadillas con una bolsa en la mano. "Te vienes conmigo", le dijo. Pero no pudo ni moverse al ver, detrás de su madre, un hombre de piel muy oscura y ojos bizcos; su padrastro, que la apremiaba mirando a un lado y al otro. Luego supieron que pretendían sacarse para el vicio, vendiendo su inexistente virtud de niña, de pueblo en pueblo. Como la Cuca no se movía, el padrastro entró y le dio un manotazo, con la mano cerrada para hacer menos ruido y más daño. Manuel intentó defenderla, pero la madre lo sujetó contra la pared y evitó que gritase. El padrastro siguió pegándole cada vez mas fuerte, con habilidad, como quien tiene costumbre. Pero Manuel con un empujón pudo zafarse de la mano que le aprisionaba la boca y acertó a gritar: “Déjala, gitano asqueroso".
No sabía por qué; podía haber dicho cualquier otra cosa, pero fueron las palabras mágicas. La Picaporte que jamás había abierto el pico, que solo se movía para comer y eructar, se incorporó. Soltó las mantas y hurgó en su mesilla, donde guardaba una mochila. Todo lo demás fue muy rápido. Saltando como una fiera, con medio ladrillo lleno de cemento seco en la mano, la vieja se abalanzó al grito de "¡Hijo de la gran puta!" sobre el padrastro. Hicieron falta cuatro celadores para arrancarla de encima de la masa sanguinolenta que minutos atrás había sido la cabeza de Ángel el gitano: drogadicto, chulo, pederasta, abusón y gran bailador de tangos. Años después, el Manuel conservaba con nitidez la imagen del cuerpo del padrastro, con la cabeza aplastada, dando pataditas convulsas en los estertores, como queriendo bailar, con la muerte, el último paso final.
A los pocos
días le dieron el alta. Un día por fin vió el mar, pero nunca jugó al fútbol. No volvió a ver a la Cuca ni a
ninguno de los demás, pero cuando esa mañana en el bar de Chano cerró el diario
y apuró el café, murmuró un: "Dios la tenga en su gloria". Le dijo a
Pura que se lo apuntase en la cuenta y se marchó.
Sobre la barra quedaron el diario, los recuerdos y un suspiro lánguido de Pura.
Comentarios
Publicar un comentario