Era de buena mañana y ya había pasado el lechero. No recuerdo si Malke sabía nadar, pues yo era tan solo un muchacho, pero a la edad de 3 años empecé a leer.
Todos los pijamas estaban recogidos en un rincón menos el
mío. -Es para no pasar frío, si total luego me lo tendré que volver a poner –dije,
y todos lo entendieron. Luego, como sabíamos que nos escuchaban, saludábamos a
los operarios de los micrófonos, y preguntábamos por sus madres. No sabíamos
que tenían que ver sus madres, pero nuestro padre nos dijo que lo hiciéramos. –Es
por buena educación. –Dijo el mayor haciendo como que sabía. Luego se encendía
un pitillo, que sería el primero y único del día, y decía en voz alta: ¡El
hombre que sabe fumar, echa el humo después de hablar! Todos asentíamos y lo envidábamos.
Ella no llegaba pronto, ese día tampoco. Sabía que cualquier
retraso pone en guardia al público y así creaba un ambiente hostil. Nos
asomábamos de dos en dos por la rendija de la puerta para ver cómo se cambiaba
antes de trabajar. Sabía que mirábamos y como todo el mundo tiene sus
preferencias, guardaba sus mejores y más sugerentes poses para mí. A veces
hasta se daba la vuelta antes de vestirse, así, un poco casual, para que la
viera medio segundo de frente.
Todos lo sabían, y competían cada mañana por ser mis
compañeros de voyeurs. - ¡Es que se lleva siempre las mejores vistas! –afirmaban.
Pero yo nunca la había tocado. Solo de pensarlo me estremecía de horror.
Pero aquella mañana me llamó: -Entra, ayúdame con la
cremallera –dijo. Entré en silencio mientras el mayor ocupaba mi puesto atisbando.
Y fue cuando subía la presilla, que rocé la piel de su
espalda. Desde entonces fue mía.
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