A principios del siglo veinte, fueron a vivir al norte. Vivían en una casita en una zona llamada Dima. El mar estaba cerca y podían escapar a Elanchove, donde estaba la escuela, era un pueblecito de pescadores.

Junto a Dima hay unas cuevas donde, dicen, vive Sugoi, el dios masculino pareja de la Mari, la diosa femenina.

Allí en Elanchove vió un pulpo por primera vez. Cuando lo sacaron del agua, todo era un remolino viscoso de rojo y gris. De pronto, un chorro de tinta como la noche salió disparado. Pensó que era un bicho de otro mundo, ya que tenía sangre negra.

Clotilde y Cosme, unos vecinos, corrieron a pedir al pescador que se lo diera. Santi, que ya estaba cortando los anzuelos para echarlo a los perros, agarró con algo de asco el pulpo y se lo entregó.

¡Mira si estarán pasando hambre, dijo mientras se alejaban, que se comen hasta los pulpos!

Hoy el nieto de Santi, otro Santi, el tercero, se acaba de jubilar. Junto a Mila, la sobrina nieta de Cosme y Clotilde, regentaban la taberna Santi, junto al puerto de Elanchove.

El plato principal, por el que van de todos lados a probarlo, es pulpo al horno, pulpo a la Cloti.

Y otra vez llueve. 


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