Mientras Fabio Máximo era el escudo, Claudio Marcelo era la espada. Había sitiado Siracusa y todos pensaban que en pocos días la ciudad caería bajo el poder de la espada de Roma y su impresionante flota.

Pero no esperaban la resistencia feroz, con los inventos de un viejo sabio que vivía allí.

Espejos que, cuenta la leyenda, usaban el sol como arma contra las naves, cañones de vapor que disparaban fuego griego. Garfios que mediante ingeniosas poleas podían volcar los barcos facilmente. Catapultas, palancas, poleas...

Cuando por enfermedades y deserciones, dos años después cayó la ciudad, el viejo matemático estaba enfrascado en sus cálculos cuando un romano entró y le preguntó por el dinero y las joyas. El sabio contestó:

- "Noli turbare círculos meos". No molestes mis círculos.

Aunque Marcelo había ordenado respetar la vida de Arquímedes, el gladio le cortó el cuello.

Cuando por azar entré en tu habitación y descubrí a otro dibujando siluetas en las curvas y círculos de tu cuerpo, supe que el porvenir me trataría de asesino. Supe que el sol de tu pasión adúltera había incendiado mis naves. Que el griego...

Supe que si te mataba, Marcelo no me perdonaría.

Cerré en silencio la puerta para no molestar.




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