Cada mañana madrugaba para verlo pasar. Un rato antes empezaban a temblarle las manos deseando que la mirara, para decirle que dejara de mirarla.
Decidió que se llamaría Santiago. Porque es nombre de hombre, se dijo. Fue entonces cuando se propuso no olvidarlo jamás. Pase lo que pase, pensó, siempre llamaré a las cosas por tu nombre.
Pero Juan nunca supo que, vigilando detrás de una carpeta llena de pegatinas, los ojos del amor de su vida estaban cosidos a él. Y como no tenía nada que decir, se abstuvo de demostrarlo con palabras.
Y ella, por no pedir permiso, evitó arriesgarse a pedir perdón.
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