Demasiados años de guerra corrían por sus venas. Después de cada batalla conjuraba la sangre el miedo y el pasado. Sin ropas ni mentiras entraba en el agua del rio, y allí flotaba como un nenúfar más. Sus canas teñían susurros plateados en el canto de las ranas. Las arrugas de su rostro cuajaban de sonrisas el murmullo del agua que bajaba de la montaña. Allí sin inviernos, estacionaba el tiempo. No había mas voces que las poesías. Sin espada que esgrimir solo bailaba en su mano un cálamo. Allí volvía una y otra vez a terminar su haiku y sabía que al transcribir el último candji de la última frase, escribiría también el fin de su vida. Con la sorpresa de quien tantas veces ha mirado sin ver, su ojos descansaron en el campo de rosas de azafrán del jardín. Vio lo que estaba sucediendo en ese mismo momento...


las rosas hacen
dorado el jardín del
anciano muerto

No pudo escribirlo y el agua y su nombre se perdieron en el mar.

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