LA
MEJOR AMIGA DEL HOMBRE
Siempre
se habían llevado las dos muy bien ¿Quién no se llevaría bien con una Border
Collie? Pero, sobre todo, aunque las dos eran tan diferentes que solo
compartían estar cubiertas de pelo, una cosa las unía por encima de todo: adoraban
al amo.
El
amo. Su olor por la mañana, su forma de hablar tan suave, con esa voz grave y
esos modales exquisitos. Cuando las llamaba se le acercaban tímidas y casi
temblando. Pipa, la Border Collie, llegaba siempre antes, por supuesto. Lycosia
era más lenta pero jamás hacía ruido.
Pero
en realidad poco importaba que fuera agradable o áspero. Que oliera a humano o
a jabón. Que quisiera jugar arrojando un palito, y el juego del palo tenía algo
de humillante, pero Pipa siempre cumplía trayéndolo a toda prisa. O que dejara
comida –lo hacía a propósito, pensaba Lycosia- en el suelo para ella. Era el
amo y algún instinto ancestral las empujaba a ambas a venerarlo, temerlo,
amarlo y protegerlo, todo a la vez y hasta con sus propias vidas si fuera
preciso.
Aún
recordaban aquel invierno, cuando otro humano, vestido con un traje
extrañamente rojo, y con adornos de pelo blanco a todas luces postizos en la
cara, intentó sorprender al amo. Pipa no se dejó sorprender, claro, y ladró y
enseñó los dientes gruñendo sin parar, hasta que el amo la felicitó. Lycosia,
mucho más sigilosa, hincó los dientes en una pierna del extraño. No le hizo
mucho daño, nunca lo hacía, pero así sabrían todos que con el amo no se juega.
Ambas estaban muy orgullosas porque el amo reía sin parar, muy contento. Seguro
que era por lo bien que lo habían defendido.
Lo
raro es que el forastero disfrazado, y un grupo de humanos amigos, se quedaran
a cenar con el amo. Pero así eran los humanos, cuando se acostumbraron a su
olor, al tono de sus voces y sus maneras, ya dejaron ambas de considerarlos una
amenaza y les consintieron acercarse al amo. Y la comida que llovía de la mesa
en la cena, era deliciosa y abundante.
Y
también recordaban aquella otra vez, cuando se colaron en su territorio varias
avispas. Eran de esa especie invasora que venía de muy lejos, cuya picadura era
bastante dolorosa. Pipa las persiguió ladrando por todo el jardín, incluso
llegó a matar una de ellas que pilló al vuelo. Pero Lycosia era más efectiva:
una a una las fue atrapando y eliminando. Hasta media docena contaron.
Y
una noche de primavera pasó todo.
Después
de varios días lloviendo, las charcas se multiplicaron. El agua estancada se
acumulaba en todos los rincones del territorio. Así, los insectos que más
odiaban, los mosquitos, encontraron el mejor ambiente para inundar la zona. De
todas partes donde había agua sucia, eclosionaban los odiados bichos voladores
que tanto daño podían hacer. En pocos días ya habían crecido lo suficiente para
buscar alimento. Y solo había un alimento que necesitaran: la preciosa sangre
del amo.
Tanto
Pipa como Lycosia competían por evitar que invadieran su territorio: corrían de
aquí para allá a mordiscos, con el rabo, asfixiando y haciendo que evitaran su
zona.
Y
el amo ayudaba. Aunque no sabían muy bien cómo, había conseguido algo que hacía
que los mosquitos odiaran su olor. Repelente, oyeron que lo llamaba. Y vaya si
funcionaba, los mantenía alejados de la casa. Y para el jardín ya estaban
ellas.
Cuando
todo parecía ir a mejor y que había pasado el peligro, una noche llegó esa
clase de mosquitos, los rayados, que no huían del olor del repelente. Anhelaban
una sola cosa: la adorada sangre del amo. Pipa poco podía hacer. Pero allí
estaba Lycosia, que cuando los sintió llegar solo pensó una cosa: “No hoy, no a
mi amo, no mientras yo viva”.
Al
amanecer estaba agotada. Eran incontables los odiados bichos voladores que
había eliminado. Ni uno solo había picado al amo. Ni una gota de su preciosa
sangre se había perdido. Apenas sí se mantenía despierta, pero había merecido
la pena, el amo estaba a salvo.
Cuando
lo vio acercarse a ella, sintió que el amor y el orgullo la inundaban. Pipa
también la miraba orgullosa y satisfecha, incluso con algo de envidia, pensó.
Cerró los ojos, todos sus ojos, para no olvidar ese momento, ese dulce instante
donde ella y solo ella conseguía el agradecimiento del amo. Así no vio venir el
pisotón, ni sintió nada cuando fue aplastada.
Pipa
escuchó paralizada de horror el grito del amo: ¡Una araña! Y desde entonces
nunca volvió a jugar a recoger el palito.
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