MEDIO VACÍO
En la barra del bar del hotel quedábamos pocos. A esas horas casi todos habían subido a las habitaciones. Los últimos en retirarnos apurábamos la penúltima. Muy pocos: Dos hombres hablaban al fondo en voz baja. Una chica muy joven miraba al vacío a través de una copa de vino. Luego yo y mi vaso de bourbon, que estaba medio lleno y apoyada en la otra pared, junto a mí, una morena muy alta y bien vestida bebía vermut en silencio y entre suspiros.
Los dos tipos del fondo solo levantaron un poco la voz para
discutir quien pagaba las copas. Ambos alargaron a la vez la tarjeta al
camarero y éste, con la sabiduría de quien lleva años en el oficio, detectó de
inmediato quien quería pagar realmente y quien fingía. Cogió la tarjeta
adecuada y ambos se retiraron entre saludos. Uno subió a la habitación y el
otro se marchó del hotel.
La jovencita se demoraba mirando el vino y la morena de mi
derecha suspiró otra vez. Sus ojos apuntaban en mi dirección. El camarero dejó
de secar un vaso y me miró expectante pero cuando hice ademán de acercarme,
ella se adelantó a decirme que no estaba interesada. Miraba en mi dirección,
si, pero a la joven del vino. La sonrisa apenas perceptible del camarero mudó
mi vaso a medio vacío.
Pagué y me marché. Esa mujer alta y morena nunca supo que yo
era el amor de su vida y que jamás volvería a verme.
Esa noche, como tantas otras, la jovencita esperó a su
novio, el camarero, y se alejaron juntos.
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