Penny Sue

El psiquiatra afirmó que no habría problema. Recomendó a mi madre que, vigilando, pero sin agobiarme, podía ir tres semanas al hotel junto a los baños. Que además me haría bien.

Mi rutina era simple: A las ocho salía de la cama, una ducha y bajaba a desayunar. Huevos y bacon, dos tostadas y leche desnatada siempre que estuviera tibia y dos comprimidos azules. Visita al aseo, mis necesidades y luego cuatro horas de sol y baño. Después el almuerzo sobre las dos. Paseo de dos horas y siesta. Un par de horas para conversar con los otros huéspedes, lo cual me fastidiaba pero decían que me convenía y luego una cena ligera, con otras dos tostadas de pan de centeno y un comprimido amarillo. Lectura en la habitación hasta que me diera sueño, otra visita al aseo y a dormir.

Se llamaba Penny Sue. La conocí al comenzar la segunda semana. Para tener ya once años era muy revoltosa, indiscreta y preguntona. Se interesaba sobre todo en por qué mi madre me daba medicación. Cuando la tercera noche vió que quedaban tres tostadas de centeno, me miró y cogió dos. Solo había una para mí. Reía sin parar. No me importó demasiado, y cogí la última tostada. Cuando iba a morderla es cuando sucedió.

“No deberías consentir que te hiciera eso” –Me dijo la tostada. Al principio ignoré su comentario, después de todo solo era un trozo de pan. Pero cuando insistió le respondí algo parecido a que no me importaba cenar solo una. Que hay que comer pocos hidratos de noche.

A la mañana siguiente Penny Sue se puso muy pesada con mis comprimidos. “Por qué las azules de mañana”, “Como puedo tragarlos sin agua”, “Para que sirven”, “Si podía darle uno”. Así durante al menos cuarenta y siete minutos.

Escuché resoplar a la tostada. Sabía que no tardaría en hablarme, pero intenté concentrarme en el mar, que estaba espléndido esa mañana. “Si le cortara alguien esa lengua, no sería tan agobiante” –La oí suspirar. Pero el mar seguía precioso y un par de veleros cruzaban la bahía muy despacio. Acabé el desayuno y bajé a la orilla. Mi madre me preguntó si podía dejarme solo esa mañana y no me importó, no habría más tostadas ni contaba con Penny hasta la cena, así que salió a unas compras.

Pero apareció Penny a los pocos minutos. Resulta que sus padres tenían excursión en velero, de hecho iban en uno de esos veleros que cruzaban la bahía. Y empezó a parlotear: “No te has puesto bien el bronceador, deberías tener la cabeza a la sombra, tus gafas de sol no son polarizadas, he visto a mi madre besando a mi padre, una vez vi a mi prima besando a un chico, me gustaría besar a alguien, te quedaría mejor el flequillo más cortado, si no te cuidas del sol dice mamá que te saldrán pecas, a cuantas has besado tú, en que curso estás ahora, no aparentas ser mayor que yo, cuantos años tienes, no me gustan los huevos revueltos…”

No se ni como pude llegar al almuerzo. Me temblaban un poco las manos, pero sabía que pasaría pronto. En cuanto pude separarme de Penny me tranquilicé. Después, a la hora del paseo, otra vez ella.  “Mi madre se ha mareado en el barco, no ha bajado a almorzar, mi padre está con ella ahora, ha llamado mi prima, me han puesto huevos revueltos para el almuerzo, no pienso comer esa porquería, por qué no subimos a esa colina…”

En la cena, Penny seguía sola. Dijo que sus padres seguían indispuestos. Mamá me sentó a su lado “aquí, junto a tu amiguita” me dijo. Fue entonces cuando una de las tostadas me ordenó coger el cuchillo. “Hazlo, y te dejará tranquilo y en paz”. Intenté ignorarla pero era muy insistente: “Hazlo, hazlo, hazlo y te dejará en paz”.

Lo hice.

–Penny ¿me cambias tu huevos revueltos por mi tostada? –pregunté.

Ella sonrió y cogió la tostada parloteando agradecimientos. Cuando la mordió, dejé de escuchar las voces, que se fueron apagando dentro de su boca. Fue tan agradable, que decidí que no me importaría dejar que me besara.

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