Y después de cenar, bajamos al salón del hotel. Enseguida supe que fingía, que quería hablar, si pero haciendo como que estaba un poco bebida. Para luego disculparse si salía mal. Nos sentamos y ella actuó otra vez, echándose al suelo y abrazada a mis rodillas porque, decía, estaba más comoda.
Una vieja tía segunda suya, apareció por la puerta y se sentó apartada de nosotros pero mirando en nuestra dirección. A ella le dió disgusto eso, porque se trastocaban sus planes. Si bien la anciana miraba el móvil sin apenas levantar la vista, ya no se senttía ella todo lo íntima que esperaba estar.
Fue culpa mía, porque debí darme cuenta y alejarla de allí con cualquier excusa. Perro viejo ya había vivido en otras ocasiones esa lucha de fronteras. Quería rollo, pero quería tener la justificación de no estar en su conocimiento. La abuela seguía mirando su móvil. Ella se decidió y comenzó a susurrarme algo como que ella ese verano había... ese verano había... y me abrazaba cada vez más las piernas.
Levantó los ojos, miró a su vieja tía, suspiró y algo se rompió en ese momento. Quise entonces llevarla a su habitación, pero ya era tarde. El momento había pasado y no volvería.
Años después, frente al médico que informaba del tratamiento oncológico, ella recordaría el momento en que se entregó a mi pero yo no quise aprovecharme. Y nadie, nunca jamás, la hizo sentir tan húmeda y caliente como aquel adolescente que no la abusó. Y lo buscó en cada par de ojos brillantes. En cada sonrisa ausente, en cada promesa de mañana. Y deseó que la rechazara otra vez, y otra y otra más. Y jamás quiso reconocer que, en secreto, soñaba y deseaba ser castigada por ello.
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